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La experiencia es un grado (I)

 marzo 13, 2014
por Javier Garcia

Tanto de forma individual como a nivel de conjunto de la sociedad, la experiencia es una factor importante para la mejora continua. Sin limitar la importancia de la formación y otras muchas cuestiones relevantes para el crecimiento personal, la excelencia empresarial o el desarrollo de la propia sociedad; la experiencia es el punto de inflexión para el progreso.

La experiencia asienta los conocimientos, fortalece las habilidades y permite valorar amenazas u oportunidades en la justa medida. Dicho de otro modo, la experiencia es el verdadero conocimiento que adquirimos en función de muchas pruebas, muchos errores y muchos ajustes; que cuenta con la gran ventaja de que puede construirse de forma colectiva y además ser transferida de unos a otros.

Sin ser estrictamente necesario, la experiencia es habitualmente mayor cuanto mayores somos como individuos, o cuanto mayor camino hemos recorrido como sociedad. En ocasiones está simplemente circunscrita a una cuestión particular, pero conectada con un todo y por tanto, resulta una temeridad prescindir de ella y de quienes la acumulan; más allá de ser éste un hecho injusto en sí mismo.

Dejando de lado cuestiones como la solidaridad o la justicia, quizá más arraigadas en nosotros a la hora de tener en cuenta la participación social de las personas mayores; vamos a reparar en el aspecto más egoísta de esta cuestión: la búsqueda del máximo bienestar individual. De este modo el objetivo puede perseguirse con más ahínco por la única vía posible: el máximo bienestar del conjunto de la sociedad.

El consenso que genera la importancia de la experiencia nos lleva inevitablemente a tener que contar con la participación, conocimientos, habilidades y recorrido de los más mayores. Y es que el simple hecho de no hacerlo afecta negativamente no sólo a nuestra sociedad, sino también a cada uno de los miembros que la componen, creando un círculo vicioso en el que a cada vuelta perdemos.

La experiencia en la vida de los mayores es un activo altamente valioso en la toma de decisiones a largo plazo con la seguridad que aporta el bagaje vital, lo cual a su vez supone avances importantes como sociedad; pero incluso en el ámbito privado podemos encontrar beneficios de su participación. La experiencia profesional sumada al ímpetu de los más jóvenes (que cada vez más están mejor cualificados) aporta un rendimiento que las empresas ya empiezan a aprovechar, conscientes de su valor en un mundo cada vez más competitivo.

Las buenas ideas surgen del choque y la conexión entre experiencias distintas. Así, no sólo hablamos del potencial para la toma de decisiones importantes con bases sólidas ni tampoco de mejorar los rendimientos empresariales; estamos hablando de cuestiones de mayor valor si cabe. Hablamos de ejemplos concretos que mejoran el día a día de nuestros mayores; pero sobre todo nuestro futuro en común: abuelos que cuidan de sus nietos, voluntarios que sacan adelante el trabajo de las ONGs, jubilados que aconsejan a jóvenes emprendedores, compañeros que comparten sus días con otros ancianos en soledad, profesionales veteranos que enseñan sus conocimientos a estudiantes… Todo un abanico de posibilidades que no podemos malgastar y que se deben potenciar.

A menudo las personas mayores son acusadas de acabar con los recursos que generan otros adultos y dentro de esa absurda paradoja siempre existirán quienes pervivan en la sinrazón; pero el resto debemos centrarnos en derribar los mitos y garantizar su pleno bienestar para que se sientan útiles: lo que son. Es tiempo de ofrecer una visión positiva de aquellos que superan los 65 años de edad, personas que tienen largo recorrido en la vida con plenas facultades. Es gente que tiene mucho que dar y tiempo para utilizar.